Nuestras raíces Castellon

Nuestras raíces

Al visitante que se acerque a nosotros con una mediana afición etimológica o semántica, le sorprende el nombre de Castellón para una ciudad que se extiende en la llanura, sin vestigio alguno de fortaleza militar a la que parece aludir su nombre. Por otra parte, hay que decir que ni las murallas de nuestra villa fueron levantadas por héroes mitológicos, ni rey moro alguno labró en su interior alcázares maravillosos sobre los cuales pudiera volar libremente la fantasía.


Pero el hecho fundamental de Castellón, vivido hasta ahora a través de la versión popular tradicional, mezclada con multitud de detalles folklóricos, todavía está abierta a la investigación. Y los trabajos arqueológicos y antropológicos no son ajenos al interés que los historiadores tienen en encontrar apoyo científico a la tradición popular.


En el cerro de la Magdalena tiene Castellón su viejo solar. Es una colina situada al pie de la sierra del Desierto de la Palmas, como una avanzadilla hacia las tierras llanas, de cara al mar, que no está lejano. En su cima, unos restos de murallas y torreones certifican la ejecutoria paterna de su antiguo Castelló (diminutivo de castillo) que contempla allá a lo lejos -unos ocho kilómetros-, abierto y claro, extendido sobre el verde oscuro tapiz de la huerta, a su hijuelo el de la Plana en el disfrute de su plena mayoría de edad urbana.

En las Fiestas de la Magdalena , centro de las cuales es la popular y masiva romería la denominada Romería de les Canyes - a la iglesia del viejo solar, ermita blanca dedicada a Santa María Magdalena. Dice la misma tradición del pueblo que los castellonenses del traslado llevaban para alumbrarse unos faroles prendidos la curva de sus cayados, siendo éste el origen y el simbolismo de las monumentales y luminosas Gaiatas que alumbraban la procesión nocturna con que culmina el gran domingo de la Magdalena



La víspera de la fiesta recorre las calles de la ciudad la famosa Cabalgata del Pregó, verdadero museo etnológico viviente y dinámico, en el que se exaltan la historia y las leyendas, los trajes típicos, las danzas y las costumbres, no solamente de Castellón sino de toda la provincia.

La decisión, en 1260, del mismo Jaime I de autorizar la construcción de un camino que permitiera unir la villa con el mar permite desarrollar un prometedor tráfico que generaría, posteriormente, el puerto. Jaime I desempeñara una importante función en el crecimiento de la ciudad, al darle a sus habitantes las herramientas para potenciar sus posibilidades: en 1269 les permitía celebrar una feria mercantil y en 1272 los autorizo a ampliar el casco urbano. Pedro III, hijo de Jaime III, continuara con la política de su padre, dándole a Castellón la facultad de autogobernarse al permitirle tener sus propios organismos municipales.

Sin embargo, Castellón tampoco estuvo libre de inconvenientes: las enfermedades transmitidas por la plantación de arroz causaron bajas considerables en la población lo que obligo al rey a prohibir la plantación de arrozales.En 1843, la reina regente María Cristina le otorga a Castellón finalmente el título de ciudad. Gracias a su empuje y posibilidades comerciales, para 1882 la ciudad ya contaba con veinticinco mil habitantes. El cultivo del naranjo permite aumentar las fuentes de trabajo y surtir de la liquidez suficiente a la ciudad para comenzar nuevas obras, incluyendo la construcción del puerto de Grao, indispensable para poder exportar exitosamente cítricos, madera y cerámica.

Para 1910, la ciudad contaba con treinta y dos mil habitantes. En 1960 esta población se había prácticamente duplicado, superando los sesenta mil habitantes. Junto al aumento de los habitantes comenzaron nuevos proyectos como una refinería de petróleo en 1967 del cual actualmente se obtiene gas, gasóleo, nafta, propano y butano, y una central eléctrica en 1977.